Reservas Urbanas. Entre sueños, utopías y realidades

Autor: Gabriel Giacobone


Hace unos cinco años, varias personas nos preguntaron: ¿Van a proteger ese lugar que está todo contaminado?





Yo trabajaba en la Agencia de Protección Ambiental de la Ciudad de Buenos Aires y con un grupo de compañeros estábamos haciendo unos senderos de educación ambiental en un pequeño espacio verde. Pero este lugar, Lago Lugano en el Parque J. A. Roca de la Ciudad de Buenos Aires, se encontraba entre tres de los cuerpos de agua más contaminados de la ciudad (Lago Lugano, Arroyo Cildáñez y el conocido Riachuelo) y no sé si no de la Argentina.


Recuerdo que muy contento fui a dar una exposición sobre nuestro proyecto de Educación Ambiental a un congreso de limnología. En una disertación, una de las investigadoras más galardonadas y de las mayores representantes sobre el conocimiento de los cuerpos de agua dulce de Argentina, dijo en su exposición que -“piensan hacer una reserva en este lugar contaminado” “están locos de hacer algo así ahí” “Sólo hemos visto unas pobres tortugas entre esa agua y no sé cómo viven, deben ser mutantes” a lo que todo el auditorio se rió ante tal propuesta. Por supuesto que nadie sabía que esos locos estaban escuchando.


No fue un momento fácil de tragar, yo aún no había expuesto lo que para mí era un sueño cumplido. Entonces me puse a pensar y ver qué hacer: dar de baja todo el proyecto porque estaba mal o seguir una utopía, un sueño ingenuo de un pibe que quería jugar a Tarzán y dar a conocer nuestros recursos naturales a los habitantes de la ciudad y alrededores.

A los dos días me tocaba exponer. Lo hice mostrando las beldades que el sitio tenía para mí y para varios de mis compañeros de trabajo y sueños. También expuse las debilidades del proyecto que superaban la simple contaminación que era evidente. El lugar no tenía una protección legal fuerte, los intereses de los políticos de turno podían cambiar en poco tiempo, los recursos económicos no eran muchos y la gente aún no conocía el potencial del lugar.


Y ahí me centré, en el potencial que sí tenía ese lugar. Ver un hermoso paisaje, un bosque o un atardecer es digno de admiración, pero cuando uno ve restos de plásticos, siente olor feo o ve las malas condiciones de las costas, también se pregunta: ¿de dónde vienen? Y ahí está la respuesta: DE NOSOTROS MISMOS.


En ese momento uno se hace responsable de uno mismo, se integra al paisaje, se ve dentro de él y comienza un verdadero cambio de paradigma. El cambio es de UNO, no sirve cambiar al otro, no sirve echar culpas, no sirve levantar el dedo más que para apoyarlo en uno mismo.


Ese día concluí mi exposición con dos preguntas: ¿sólo podemos cuidar lo que está prístino? Si es así no encontraremos nada en la ciudad e incluso será difícil en el resto del Mundo. Entonces ¿podemos cuidar un lugar contaminado para mejorarlo?

Ese día no hubo risas, tampoco aplausos. Di las gracias y me fui a sentar para escuchar el próximo exponente. Ese día, los dedos de las manos apuntaban a cada uno de los que estábamos en el auditorio. Ese día hubo un cambio incluso en los que estábamos en el proyecto.


Hoy, cinco años después estamos hablando que aquel lugar contaminado, es la tercera área protegida de la ciudad de Buenos Aires, llenando de biodiversidad al Riachuelo, al Cildáñez y al Lago Lugano. Uno de los lugares predilectos para hacer avistaje de aves acuáticas, con una cantidad de público de todas las edades.


Un sueño, una utopía y una pregunta que se responde fácilmente:

-¿Van a proteger ese lugar que está todo contaminado?

-SI!




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