EL PLANETA CIUDAD Y LA ECOLOGÍA DE LOS ECOSISTEMAS URBANOS

Fuente: https://periodicos.ufsc.br/index.php/interthesis/article/view

Por:

Fabio Angeoletto

Frederico Fonseca da Silva

Ricardo Massulo Albertin


Vivimos, indudablemente, en el Planeta Ciudad: por primera vez en la historia de la humanidad la población global es predominantemente urbana. Por toda parte las ciudades crecen. Solamente en China, más de 300 millones de personas van a desplazarse hacia las ciudades, provocando un cambio paisajístico sin precedentes (GRIMM et al, 2008). La expresión urbanización, en un sentido amplio, significa la conversión del suelo en ambientes urbanos. Por ambiente urbano definimos no sólo el área de las ciudades per se, sino también las áreas externas a las ciudades, apropiadas por ellas, y que proveen energía, materiales, y además absorben sus desechos. Son, por lo tanto, prolongamientos, extensiones de las ciudades.



El arquitecto Giulio Carlo Argan (1993) logró expresar, de manera poética, las ramas que las ciudades echan por toda la biosfera, al afirmar que (voz portuguesa): A natureza não está mais além dos muros da cidade; as cidades não têm mais muros, mas estendem-se em desesperadores labirintos de cimento, desfiam-se nas sórdidas periferias de barracos e, para lá da cidade, ainda é cidade, a cidade das auto-estradas e dos campos cultivados industrialmente.

La urbanización masiva de los territorios es uno de los más importantes procesos socio-ambientales de la actualidad. De hecho, muy apropiadamente, William Rees (1997) define la migración de personas para las ciudades como el más significativo evento ecológico del siglo XX. El conjunto de impactos causados por ese proceso, en escala local, regional y global es tajante. Según Vitousek (1994), la constante conversión de suelos en cultivos y ciudades es uno de los tres mayores impactos ambientales globales de origen humana, además de las crecientes concentraciones de CO2 en la atmósfera, y de otros cambios en los ciclos biogeoquímicos. En las próximas décadas, la urbanización será el impacto humano globalmente más significativo a la diversidad biológica, principalmente en los trópicos, si profundos cambios en políticas y planificación de los usos de suelo no ocurrieren (ANGEOLETTO, 2004; CHAPINIII et al, 2009; LAMBIN y MEYFROIDT, 2011). Ciudades son frecuentemente definidas como centros de comercio, como centros de sistemas de transporte y comunicación, como fuentes de cultura y artes y como centros de gobierno. Algunas veces se puede mencionar la contaminación, atascos y otros problemas típicos de las ciudades. Con todo, muy raramente se reconoce las ciudades como ecosistemas, o, dicho de otra manera, pocos reconocen la urbanización y las ciudades como manifestaciones de la ecología humana (ANGEOLETTO y MORENO, 2008). El ecólogo barcelonés Jaume Terradas (2001) caracteriza las ciudades como ecosistemas heterotróficos, disipativos, que se organizan aumentando la entropía alrededor del planeta. Distintamente de los ecosistemas autotróficos (esencialmente estructurados por cadenas alimentarias compuestas por organismos fotosintéticos que hacen la conversión de energía solar en energía química, que a su vez alimentan grupos de organismos heterótrofos), los ecosistemas heterotróficos dependen de áreas externas a ellos para la obtención de energía, alimentos, fibras y otros materiales, y para la deposición de los desechos y contaminantes. Arroyos y arrecifes de ostras también son ejemplos de ecosistemas heterotróficos. Sin embargo, las ciudades difieren de ellos por tres diferencias principales: 1) un metabolismo mucho más intenso por unidad de área, hecho que exige un flujo más intenso de energía, parcialmente sustentada por combustibles fósiles; 2) una considerable necesidad de entrada de materiales, como metales, para la producción de bienes de consumo no necesariamente relacionado a la supervivencia humana; y 3) una salida mucho mayor y más contaminante de desechos y residuos (ODUM, 2007). Aunque ocupen un área ínfima de la biosfera (algo entre 1 e 5% de la parte terrestre del globo, según ODUM, 2007), las ciudades influencian toda la biosfera, a través de sus inmensos flujos de entrada y de salida. En resumen, ciudades son ecosistemas que poseen ambientes de entrada (territorio donde se recogen materias primas diversas) y de salida (puntos de la biosfera que reciben los residuos del metabolismo urbano) mucho más grandes de que otros ecosistemas heterotróficos. Por ello, se puede afirmar que ciudades y sus procesos ecológicos no están circunscriptos a límites administrativos, geográficos o políticos. El porcentaje de superficies terrestres que colectivamente constituye los ambientes de entrada y de salida de los ecosistemas urbanos es un tema de debates. Las estimativas oscilan entre el 50% y el 90%. Quizás todavía aun más significativo, desde una perspectiva ecosistémica, es el hecho de que los seres humanos, una especie entre millones, consuman, directa o indirectamente, un 40% de la producción fotosintética primaria neta terrestre, y un 35% de la producción fotosintética neta de zonas marítimas (CHAPIN III et al, 2009).Sin embargo, cualquiera que sea el ámbito de los inputs y outputs de los ecosistemas urbanos, es consenso entre los ecólogos de que se trata de una apropiación demasiada. Seguramente, la conversión de suelos relevantes, o bien desde el punto de vista social (suelos agrícolas) o bien desde el punto de vista ambiental (bosques, manglares y otros ecosistemas) es el impacto más deletéreo de la urbanización. Respecto a la biodiversidad, la urbanización en general disminuye la riqueza de especies para la mayoría de las comunidades bióticas, a despecho del incremento de biomasa de pájaros y artrópodos. Hay una otra excepción notable a ese estándar: en las ciudades, la riqueza de especies de plantas tiende a aumentar (GRIMM et al, 2008). Aunque la relación de impactos que origina la urbanización sea extensa, hay también en el fenómeno varios aspectos positivos, incluso desde el punto de vista ambiental. La proporción de personas viviendo en ciudades en un país está altamente correlacionada con un mayor nivel de renta (BLOOM et al, 2008). Es verdad que la contaminación causada por las ciudades es peor que la de las zonas rurales, porque ellas generan la mayor parte del crecimiento económico del país y concentran a los consumidores de mayor poder adquisitivo. No obstante, muchos problemas medioambientales podrían minimizarse si se contara con una mejor gestión urbana (UN-HABITAT, 2008; ANGEOLETTO y MORENO, 2009).Por otra parte, mediante la agregación de capital humano en un solo punto, ciudades constantemente incuban nuevas ideas y tecnologías, potenciando condiciones para un crecimiento social y ambientalmente más eficaz (BLOOM et al, 2008). Además, la urbanización contribuye a contrarrestar la degradación del medio ambiente, al ofrecer una vía de salida al crecimiento de la población rural, que de otro modo invadiría el hábitat natural y zonas de abundante diversidad biológica. Desde un punto de vista demográfico, la urbanización acelera la declinación de las tasas de fecundidad, al facilitar el ejercicio del derecho a la salud reproductiva. Las ciudades están también en mejores condiciones de ofrecer educación y servicios de salud –así como otros servicios y comodidades –debido a las economías de escala y de proximidad (UN-HABITAT, 2008; BLOOM et al, 2008; ANGEOLETTO y MARTINS, 2010).


EL CARÁCTER INTERDISCIPLINARIO DE LA ECOLOGÍA URBANA Y SUS CONEXIONES CON LA PLANIFICACIÓN


Según Grimm(et al, 2008), la ecología urbana es una ciencia que integra las teorías y metodologías de las ciencias naturales y sociales para investigar estándares y procesos de los sistemas ecológicos urbanos. Dow (2000) la define como una de las más concurridas intersecciones investigativas entre procesos biofísicos y sociales. El estudio de ecosistemas urbanos es un campo relativamente reciente de la ecología (ANGEOLETTO, 2008; PICKETT y GROVE, 2009).Como un campo de investigaciones que combina las ciencias naturales, las ciencias sociales y las humanidades, la ecología urbana reconoce la evolución de los paisajes de las ciudades como un proceso social y ecológico inherentemente entretejidos. La intersección entre las ciencias naturales y las ciencias sociales es el paradigma central de la ecología urbana. Por ello, una plétora de autores pone de manifiesto el carácter interdisciplinario de la ecología urbana, como demuestra una exhaustiva revisión bibliográfica realizada por Angeoletto (2012). Hasta recientemente la tradición intelectual occidental no ha logrado integrar naturaleza y sociedad, resultando en una insuficiencia teórica, respecto a las interrelaciones entre ecología y sociedad (ANGEOLETTO, 2008; YOUNG, 2009). La corriente separación entre ecología y sociología ha obstruido una comprensión más amplia de los ecosistemas ecológicos urbanos (LIU et al, 2007). Sin embargo, gracias a los avances tecnológicos, crecimiento poblacional y a una fuerte inclinación al consumo, nosotros somos hoy una fuerza ecológica global, capaz de afectar cada especie y ecosistema de la biosfera. Con todo, a pesar de esa contundente influencia, pocos son los estudios respecto a la ecología de los sistemas ecológicos urbanos (GRIMM y REDMAN, 2004;GRIMM et al, 2008; COLLINS et al, 2011), y aún menos investigación sobre ecología de ecosistemas urbanos ha sido conducida en ciudades de países en desarrollo (LUBBE et al, 2010; ANGEOLETTO, 2012; ANGEOLETTO, et al 2015). A lo largo de casi todo el siglo XX, los ecólogos, en su mayoría, han evitado proponer esquemas conceptuales de investigación a los ecosistemas urbanos. Consecuentemente, poco conocimiento ha sido producido con el objetivo de solucionar los problemas ambientales urbanos (GRIMM et al, 2008). De hecho, la ecología se consolidó esencialmente a partir de estudios conducidos en ambientes prístinos, a punto del ecólogo estadounidense Frederick Clements, importante pionero de la ecología vegetal, declarar, a principios del siglo XX, que los humanos eran “alienígenas en el mundo natural” [sic] (WILLIAMS, 1993).Por ello, desafortunadamente, ni la ecología urbana, ni la ecología en general, han sido plenamente incorporadas en los planteamientos habituales que presiden la planificación urbanística. No obstante, el design de ambientes urbanos ecológicamente más eficaces es la más importante demanda de planificadores y gestores, hecho que requiere un conocimiento más amplio respecto a los ecosistemas urbanos, y por extensión, el establecimiento de un foco interdisciplinario en la planificación (GRIMM et al, 2008; CHAPIN III et al, 2009; COLLINS et al,2011; ANGEOLETTO, 2012). Poblaciones urbanas dependen de una vasta gama de servicios ecosistémicos, como la polinización, la regulación climática, y la absorción de carbono. Por otro lado, la manutención de esos servicios, o bien localmente, o bien regionalmente y globalmente, depende crecientemente de cómo se manifiestan los estándares de desarrollo de las ciudades. Además de la importancia ambiental de estudios de ecología urbana, hay un argumento aún más tajante para el entendimiento del carácter ecosistémico de las ciudades. La mayoría de los seres humanos vive hoy en ciudades, y dependen de una planificación ambiental adecuada para la manutención de una calidad de vida aceptable. Ahora bien, en faz a los datos que hemos expuesto, ¿Qué dicen los biólogos brasileños respecto a la importancia y urgencia de estudios de ecología urbana aplicables al planeamiento de las ciudades brasileñas? Desafortunadamente, nada, o casi nada. Los biólogos brasileños han conseguido el hecho notable de establecer un sólido conjunto de cursos de grado y de posgrado que produce importantes conocimientos sobre la megabiodiversidad de los biomas de Brasil. Sin embargo, su percepción de las ciudades como una antítesis de la naturaleza es una traba conceptual lamentable. Comprender la complejidad de la ecología de las ciudades, ecosistemas influenciados no solo por factores ambientales, sino también por dinámicas sociales, económicas, políticas y culturales requiere el continuo desarrollo de metodologías interdisciplinarias. Lamentablemente, ni los cursos de grado, ni los cursos de posgrado en Biología brasileños poseen planteamientos curriculares que habiliten los biólogos al desarrollo de tales metodologías. Prácticamente no hay biólogos conduciendo investigaciones sobre la ecología de las ciudades brasileñas, en un momento histórico que, como hemos afirmado, la influencia de las ciudades sobre la biosfera se ha ampliado a una magnitud tal, que es imposible analizar separadamente las cuestiones ambientales y urbanas. El desafío de la conservación de la biodiversidad e de sus servicios ambientales (¡imprescindibles a los seres humanos!) solo será superado a través del desarrollo de políticas urbanas más amigables a la vida salvaje, que, es importante en resaltar, todavía no han sido creadas (ANGEOLETTO et al 2011).

QUEMANDO INCIENSO EN ALTARES CERCANOS: LOS PATIOS URBANOS COMO ESPACIOS DE CONSERVACIÓN BIOLÓGICA

Como reza un adagio chino, es mejor ser bueno en tu propia casa que quemar incienso en un templo distante. Por razones históricas, la biología de la conservación ha dividido el mundo en hábitats prístinos y degradados. No obstante, hace falta un cambio de mentalidades: la biología de la conservación debe volverse a los hábitats donde viven los seres humanos, y producir conocimiento sobre cómo dividir esos habitats antropogénicos con especies silvestres. De hecho, aunque el porcentual de áreas protegidas esté aumentando mundialmente desde 1990, el número de especies amenazadas sigue creciendo (PNUMA, 2011), hechos que ponen de relieve la urgencia del desarrollo de mecanismos adicionales de conservación biológica. En los patios urbanos, los objetivos de disminución de los ambientes de entrada y salida de los ecosistemas urbanos y de conservación de la diversidad biológica coinciden. Aunque los patios sean aparentemente demasiado diminutos para que resulten biológicamente significativos, cuando sumados alcanzan un área de dimensiones contundentes. En la ciudad de Dayton, EEUU, por ejemplo, el 19,5% de su área está ocupada por patios (DANIELS y KIRKPATRICK, 2006). En el estado norteamericano de Missouri, el área de los patios ocupan 135.000 acres, aproximadamente el 1% del área total del estado, y tres veces el área ocupada por parques estaduales (MCKINNEY, 2002). El área de céspedes en patios de viviendas en los EEUU está estimada en 16 millones de hectáreas, rebosando largamente cultivos agrícolas económicamente importantes como la cebada (5 millones de hectáreas), algodón (4,5 millones de hectáreas) y arroz (1,1 millón de hectáreas) [ROBBINS et al, 2001]. Los patios ofrecen un extenso e infravalorado recurso para el incremento de la diversidad biológica urbana. Con respecto a la sustancial importancia de los patios en la manutención de la biodiversidad, es posible relacionar tres evidencias: (i) aunque haya pocos estudios, eses espacios generalmente están relacionados a altas tasas de diversidad biológica; (ii) no es inusual que especies vegetales que han experimentado una disminución severa en sus hábitats silvestres, alcancen altas productividades o densidades en los patios urbanos, y, (iii) los patios urbanos, en conjunto, suman un área considerable, en comparación a otros espacios verdes como parques públicos o bosques urbanos (GASTON et al, 2005; ANGEOLETTO, 2012; ANGEOLETTO et al 2015). Usualmente el área ocupada por el conjunto de patios de una ciudad es mayor que aquel de plazas y parques. Esto es especialmente verdadero para las ciudades brasileñas, en las cuales estándares estúpidos de crecimiento urbano producen, respecto a la flora urbana, lo que definimos como una urbanización mellada. En los barrios de las urbes de Brasil, principalmente en los barrios pobres, áreas verdes públicas son inexistentes, el arbolado de los paseos es precario, de manera que plantíos de árboles en los patios son la única manera de introducirse manchas verdes de perímetro considerable. Además de la importancia de los patios urbanos a la conservación de la biodiversidad, hay también beneficios a la salud física y mental de las personas, que les proporciona la flora de las ciudades. Es curioso que algunos estudiosos de cuestiones urbanas aboguen la necesidad de transporte público de calidad, escuelas, centros de salud y mejor infraestructura para los barrios, y no mencionen el arbolado como un derecho fundamental del vecindario, como se hubiera un grado de prioridades respecto a esos equipos urbanos, cuando, en realidad, el arbolado de un barrio posee obviamente la misma importancia que otros tipos de infraestructura.

No se trata meramente de una cuestión estética (aunque también lo sea: ¡a las personas les hace falta el pan, pero también la belleza!). Varios estudios epidemiológicos han correlacionado positivamente una mayor longevidad al acceso a espacios verdes (TZOULAS et al, 2007), pues áreas copiosamente vegetadas, incluso patios, poseen mayor capacidad de disminuir la contaminación atmosférica y las islas de calor urbano. Las personas están menos expuestas a la radiación ultravioleta en áreas urbanas de vegetación leñosa abundante, y hay estudios de caso que correlacionan barrios abundantemente arbolados a una menor incidencia de cáncer de piel (HEISLER y GRANT, 2000).Con la intensa urbanización que seguirá ocurriendo en el siglo XXI, crece la importancia de la planificación y gestión de los espacios verdes de las ciudades. Estudios que amplíen los conocimientos sobre las poblaciones de plantas en los ecosistemas urbanos son indispensables para una mayor sostenibilidad, a través de la planificación, en esas áreas. Es fundamental que los gestores tengan objetivos claros para optimizar el potencial de los patios urbanos y otros espacios verdes para la atracción y manutención de vida silvestre (y para los beneficios que proporcionan a las personas), en la elaboración de futuras políticas públicas. El incremento de la vegetación en los patios es una de las tareas más fundamentales en acciones de ecología urbana aplicada, por la plétora de beneficios traídos por la flora. El incremento de la flora urbana es importante no solo a la manutención de la biodiversidad urbana, sino también a la diversidad de otros ecosistemas. Varias especies de pájaros migratorios, por ejemplo, utilizan esos hábitats urbanos en sus desplazamientos. Sin embargo, los patios, a pesar de que constituyan uno de los más universales usos de suelo urbano, muy raramente son planificados para que desarrollen plenamente su potencial para la conservación de la biodiversidad y para el incremento de la calidad de vida humana. Los patios son estadísticamente inexistentes: los municipios siquiera suelen conocer su número y características principales, como el área, con precisión, y por ello, están fuera del alcance de la legislación y planeamiento. En este sentido, estudios de paisajes antropogénicos no son solamente una oportunidad poco explorada, sino una necesidad para contribuir a que conocimientos oriundos de la intersección entre las ciencias sociales y la ecología puedan mejor alimentar de datos a la planificación urbana. Y por cierto, urge que biólogos abandonen la tradicional ceguera conceptual que les hace clasificar las ciudades como antítesis de la naturaleza (ANGEOLETTO et al, 2009). Ciudades no son el opuesto de la naturaleza. Ciudades no son ambientes estériles. Ciudades son la más notable expresión de nuestro comportamiento gregario. Ellas son sistemas ecológicos que, por la poquedad de la producción fotosintética, dependen de inmensas áreas externas para la obtención de energía y materiales, y para la deposición de los residuos generados por la producción y consumo de productos tan diversos como libros, gastronomía japonesa, gasolina, sexo virtual o viajes planetarios. De ellas se originan impactos de ámbito biosférico, pero es también en ellas donde son incubadas ideas, tecnologías y soluciones que pueden ser exportadas para otros ecosistemas urbanos, en ámbito mundial. Nosotros deseamos, luego, existimos. Con la fuerza del deseo de muchos podremos cambiar algunas de las grises realidades de hoy, y hacer de las ciudades brasileñas puntos calientes de diversidad biológica. Lujurias verdes, mimetizadas en entornos igualmente verdes. No las tristes megalópolis presentadas en obras de ciencia ficción como la película Blade Runner, sino ciudades menores, siguiendo la actual tendencia mundial de mayor crecimiento de las urbes con 500 mil vecinos o menos. Se tuviéremos éxito en llegar a ese punto de sofisticación biológica, entonces habremos comprendido que lo importante es que perdamos importancia. Y que perder importancia significa apagar las huellas de las ciudades sobre la biosfera, e dejar que en el inmenso palco escénico que es la Naturaleza, se desarrolle la gran obra teatral de la evolución de la vida.

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